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Un buen comienzo del Año de la fe

Un buen comienzo del Año de la fe

 

“Si ya en tiempos del Concilio se podía saber, por algunas trágicas páginas de la historia, lo que podía significar una vida, un mundo sin Dios, ahora lamentablemente lo vemos cada día a nuestro alrededor. Se ha difundido el vacío. Pero precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, la importancia vital para nosotros, hombres y mujeres”.

En la homilía de la Misa celebrada hoy, Benedicto XVI se enfrenta a la “desertificación” del espíritu del hombre, al vacío de Dios, que tantas personas viven hoy, especialmente en las ruinas espirituales de las tierras de Europa.

Y es en ese “desierto” donde  se presenta su nuevo libro: “La infancia de Jesús”, que aparecerá en España el mes de noviembre.

La Encarnación de Dios, el que Dios creador quiera participar y vivir la historia del hombre; el que Dios se haga hombre y quiera compartir las tierra con los hombres, y nos invite a compartir el Cielo con Él; esa es la Luz con la que el Papa quiere iluminar el “desierto”; el agua con la que quiere regar la tierra árida.

En la presentación del libro se ha hecho referencia a la realidad histórica de Cristo que el Papa ha querido subrayar: “Jesús nació en una época que se puede determinar con precisión.(…) el décimo quinto año del imperio de Tiberio César: además se menciona al gobernador romano y a los tetrarcas de Galilea, de Iturea  y de Traconítide(…) Jesús no nació y apareció en público en el impreciso “una vez” del mito”.

Jesucristo es el fin de todos los mitos; la muerte de todos los “dioses”.

Benedicto XVI sabe a quién está hablando en el libro y en las homilías. Es muy consciente de que tiene delante un mundo en el que los hombres se preocupan más del reino de la tierra que del reino de los cielos. Y que en el reino de la tierra, junto a pequeñas y efímeras alegrías encuentran pena, injusticia, traición, engaño. Sabe muy bien que muchos hombres y mujeres olvidan a Dios, en un desmedido afán de ilusoria libertad y de autonomía, y se dan pena a sí mismos al verse esclavizados por el descubrimiento de su pequeñez, y encontrarse incapaces de enfrentarse a las realidades de cada día.

Benedicto XVI es consciente de que no faltan entre quienes le escuchan y le leen, los que pretenden liberarse de toda ley transcendente; y que al descubrir la soledad en la que se encuentran anhelan hacer desaparecer la soledad con el suicidio.

La irracionalidad y la desolación llenan las páginas de la prensa diaria en todo el mundo occidental. Cabe la decisión de no leer la prensa; y en muchas ocasiones será una decisión muy saludable. ¿Libera sin embargo de la irracionalidad y de la desolación?

En la oscuridad del  “desierto” del hombre, Benedicto XVI quiere hacer brillar la estrella que canta el nacimiento “del niño Dios”; y que indica al hombre en su “vacío” el camino para ir a saludarlo, como fueron los pastores de Belén.

“En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita y negativa”.

Y confía a la Virgen María el Año de la fe: “La Virgen María brille siempre como estrella en el camino de la nueva evangelización”.

Sin duda, deja en buenas manos los frutos del Año de la Fe que ha comenzado esta mañana.

Ernesto Juliá Díaz

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