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Ante el gran Misterio de la Navidad

Ante
el gran Misterio de la Navidad

 

La
Navidad se acerca a nosotros en el silencio, en el misterio de la primera vez,
de la única vez, de la eterna vez.

El
nacimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre -que no fue noticia en
ninguno de los medios de comunicación de la época- seguirá vivo, actual, siendo
“noticia” en el silencio, en el misterio, hasta el fin del mundo. Y sólo en el
silencio, en recogimiento ante el Misterio de este Nacimiento, desentrañamos el
misterio sembrado y escondido en nuestro propio vivir, en nuestro propio nacer.

Contemplando
el Aleph, Borges hace una lista de
cosas vistas: el poniente de Querétaro, el zaguán de una casa en Frey Bentos,
la circulación de su oscura sangre…Y al fin reconoce: “Y sentí vértigo y lloré,
porque mis ojos habían visto ese objeto secreto
y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, que ningún hombre ha
mirado: “el inconcebible universo”.

No
puedo dejar de pensar que Borges no pasa de ser banal, humanamente,
melancólicamente, culturalmente banal en su maravillosa artística prosa.  ¿Cómo pretende desentrañar el misterio de
cada día con ese concepto abstracto, sin ningún contenido vital, que se esconde
en lo que llama “inconcebible universo”?

Como
él, hay hombres que se resisten a admitir lo que no entra en su cabeza, y dan
en calificar lo que no entienden como “incomprensible”, y pretenden que sea
verdaderamente “incomprensible”,  para
quitarle así el derecho a existir. Cierran los ojos para no ver el Misterio
hecho realidad, y realidad tangible.

En
el pesebre de Belén está la más asombrosa realidad hecha Misterio; el más
asombroso Misterio escondido en la realidad.

En
estos días de Navidad, el hombre vuelve a apreciar el sabor de algo que
desconoce, de algo que le sobrepasa y le sobrecoge, de algo “incomprensible”,
una luz inexplicable, como un recuerdo de algo que quizá aprendió en el seno de
su madre.

¿Es
nostalgia de Dios? ¿Es el eco de las conversaciones de Adán con Dios en el
Paraíso, transmitido de generación en generación, como el ruido del primer
big-bang del universo?

En
el silencio y en el Misterio del Nacimiento de Cristo, Hijo de Dios vivo hecho
hombre, nacido de mujer, revive el silencio y el misterio del primer día del
mundo, nacido de las manos de Dios en la creación.

El
hombre necesita vaciarse de información, de anuncios, de curiosidades banales,
y recogerse en sí mismo, en el silencio, aun sumido en preocupaciones, en
alegrías, en angustias, para poder iniciar un diálogo. Un diálogo en silencio
no consigo mismo, sino con ese Niño “envuelto en pañales”, en la soledad, y en
el deseo de compartir con las huellas de Dios el misterio de la creación, el
misterio de la existencia aquí y ahora.

El
Aleph de la humanidad, la ventana
abierta hacia el “inconcebible -¿concebible?- universo”, no está debajo del
“decimonono escalón de la pertinente escalera”, en el sótano de la casa de
Carlos Argentino… Está a la vista de los pastores en el portal de Belén, y
estará un día a una altura ligeramente superior a la de un hombre, en el costado
abierto de un hombre crucificado. En el Corazón de Cristo abierto en la Cruz.

Ernesto
Juliá Díaz

[email protected]