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Paz en la Tierra, no obstante los hombres

Paz en la Tierra, no obstante los hombres

Desde hace años alimento un deseo que no sé si algún día podré llevarlo a cabo. El proyecto pensado tiempo atrás, y recordado hace poco, es muy fácil de enunciar y muy difícil de realizar:dejar por escrito historias de amor fraterno, de caridad cristiana, de fraternidad entre seres humanos, que se vivieron en las tierras españolas durante los años sangrientos de 1936-1939, entre personas de los dos bandos contrarios.

Los hechos pasan y dejan constancia de su existencia, pero pueden llegar a ser olvidados y  perder todo su sentido. Los historiadores tratan de dejar por escrito lo que alcanzan  saber, entender e interpretar, bien conscientes, al menos lo supongo, de que la realidad plena de las acciones de los hombres está lejos de ser comprendida por los demás hombres. Cuando los interesés políticos, ideológicos, sociales de cualquier tipo, se mezclan con los hechos reales de guerras y matanzas, la comprensión de todo el conjunto se hace mucho más difícil, por no decir imposible. Y en el caso de la Guerra Civil todos podemos apreciar que las cosas se han complicado mucho, y no sólo por la malhadada ley de la memoria histórica. Una ley sin el menor sentido histórico, entre otras muchas deficiencias.

Dos gestos de profunda caridad cristiana, porque cristianos, católicos, se encontraban a los dos lados de la fronteras que fueron estableciendo los frente militares.

Hoy me he enterado de la beatificación de una mujer que hizo a su esposo una promesa singular.“si no me matan a mí también, te prometo ingresar en el convento”. Su marido, católico practicante que daba testimonio de su fe, se empeñó en la vida política movido por una profunda inspiración cristiana de servicio al ciudadano. Al estallar la guerra, su ciudad quedó en a zona republicana, yfue fusilado apenas comenzó la guerra.

La mujer, no sólo perdonó a todos los que le hicieron mal, sino que llegó a atender a una de las mujeres del pueblo que denunció a su esposo. Su caridad fraterna le llevó a cuidar a los hijos del miliciano que arrastró por las calles del pueblo el cadáver de su esposo. Y todavía hizo más: su constancia y su virtud consiguieron que los procesos contra los asesinos fueran sobreseídos, y todos quedaron en libertad.

La Navidad ya está en las puertas, y el anuncio de los Ángeles a los pastores fue claro: “Gloria a Dios en las alturas, // y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.

Entre estos hombres de buena voluntad podemos inscribir a los habitantes de un pueblo de Andalucía, en aquellos años.

Hasta mediados de 1937, con gobierno republicano, no murió nadie, ni de la oposición política, ni sospechoso de ser católico. Nadie denunció a nadie ante las autoridades que dominaban el lugar. Cuando tomaron el pueblo los del otro bando, sucedió lo mismo: nadie tomó revancha sobre nadie, ningún habitante llevó al pelotón de fusilamiento a nadie del bando contrario.

En la cabeza de todos está el ejemplo de sensatez, y de cordura cristiana, del anarquista Melchor Rodríguez García, que detuvo la matanza de Paracuellos; y el maravilloso ejemplo de unas madres de familia, que consiguieron salvar la vida a un sacerdote madrileño, cuando los milicianos se presentaron en la casa de pisos reclamando al buen hombre. Las mujeres se cerraron en banda, y les dijeron que a aquel cura, “no le tocaba nadie”, y le salvaron la vida. Los milicianos, me supongo, habrán oído en la boca de aquellas mujeres la voz de sus madres, y dejaron al cura en paz.

. Los Ángeles siguen entonando el himno un año más al celebrar las nacimiento del Hijo de Dios en la tierra: el Niño Jesús.

“Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.

¿Serán muchos los oídos que se abrirán ante sus palabras?

Ernesto Juliá Díaz

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