Jerusalén: nostalgia de Dios

Jerusalén: nostalgia de Dios

            Después de miles años, Jerusalén sigue en pie; y quizá más floreciente y firme que en otras épocas no tan lejanas. Sus calles llenas de vida, dentro y fuera de la ciudad antigua, perfectamente amurallada; y sus templos y lugares de oración, judíos, musulmanes y cristianos, especialmente católicos, ortodoxos y protestantes, reconstruidos, bien cuidados y llenos de hombres y mujeres en oración.

Después de la muerte y de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, las murallas y los templos de la ciudad han sido arrasados y vueltos a levantar más de seis veces. ¿Tanto molestaba a los poderosos de cada época, el recuerdo hecho piedra del paso del Hijo de Dios por esa tierra?

Los intentos de sepultar las huellas de Jesucristo, enterrándolos bajo templos unas veces paganos, otras mahometanos, no han conseguido el efecto deseado. Dios ha bajado en cuerpo humano a esta ciudad, y el viajero que llega tiene la impresión de que aquí  ha dejado su huella viva para siempre.

Los franciscanos de la Custodia de Tierra Santa son testimonio vivo de que todos esos intentos -sangrientos en su mayoría- han conseguido resaltar aun más el paso del Hijo de Dios hecho hombre por las entonces calles de esta “ciudad sagrada”; el paso de Cristo, Dios y hombre verdadero, por la realidad de este mundo.

En el vuelo desde Madrid tuve ocasión de conversar con un matrimonio de fieles judíos. Intelectuales él y ella, profesores. Pronto coincidimos en señalar el vacío de un Dios vivo e interesado en el hombre, que se puede apreciar en el  ambiente cultural de nuestros contemporáneos en cualquier país del mundo occidental, y en la conciencia de quienes viven en ese ambiente.

Ellos tenían viva la conciencia de pueblo elegido; y, a la vez, no se maravillaron de que yo les dijera que iba a Jerusalén a llenarme del aroma de Jesucristo. ¿Llegarán un día a reconocer al hombre muerto y resucitado en el Calvario, al Mesías, al Hijo de Dios por ellos esperado?

Pequeños grupos de peregrinos recorren en oración la Vía Dolorosa; llegan a la iglesia del Santo Sepulcro, se arrodillan a la entrada y besan la piedra sobre la que la tradición señala como el lugar donde fue ungido el cuerpo de Cristo antes de ser introducido en el Sepulcro. La besan, apoyan su frente sobre ella, permanecen un rato en oración, como nuevas Marías Magdalenas en espera de ver a su lado a Cristo Resucitado.

Quieren encontrar a un Dios a Quien puedan mirar cara a cara; a un Dios de Quien puedan recibir el calor de una mirada llena de Amor, el calor de su llanto sobre Jerusalén que sigue palpitando en el silencio de los árboles y de las tumbas del Monte de los Olivos. Y saben que cada uno de nosotros somos Jerusalén.

El clamor del pueblo nacido de la fe de Abraham está viva en las salmodias de los haredim que entonan sus plegarias en los túneles del Muro de las Lamentaciones, y en el silencio de la Explanada del Templo. En sus salmodias parece renacer a cada nota la nostalgia de Aquél en Quien esperó Abraham y anheló ver su día; de Aquél que les prometió Moisés; de Aquél a quien cantó en añoranza esperanzada el rey David.

Los viernes al comenzar la tarde, hombres y mujeres musulmanes suben a la Explanada de la Mezquita a adorar. Y en sus oraciones se siente el clamor de la nostalgia de todos los seres humanos que desde la expulsión del Paraíso anhelan volver a encontrarse con Dios que les hable de Tú a tú, que les ame, que les esté cercano como un padre, una madre.

Siguiendo el camino de todos los peregrinos entré en la cueva del Sepulcro; me arrodillé, besé la losa sobre la que descansó el cuerpo muerto de Cristo, y salí de la iglesia acompañado por el Corazón de Cristo Resucitado.

Cristo sigue caminando, llorando, muriendo y resucitando en Jerusalén. ¿Lo encontrarán todos los que, quizá sin saberlo, le buscan en las calles de esta “ciudad sagrada”?

 

Ernesto Juliá Díaz

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