Pecado, Salvación, Misericordia

Misericordia, Salvación, Pecado.

 

En la santa tradición de la Iglesia, Cristo ha sido visto siempre como “alfa y omega”, principio y fin de todas las cosas.

Releyendo “La descomposición del catolicismo” de  Louis Bouyer,  me he encontrado unas consideraciones de este profundo teólogo publicadas en el año  1968, y referentes a la tendencia, vigente entonces y vuelta a revivir ahora, de querer “poner al día el catolicismo para hacerse entender en y por  la “cultura moderna”, que me han hecho pensar.

Dice: “El “aggiornamento” –la puesta al día, que nos viene propuesta y que se nos querría imponer, consiste sencillamente en abandonar la entera tradición para echarse en los brazos de un futuro cuya fisonomía nadie conoce”.

Y después de señalar que, en el campo de la ciencia,  ni siquiera a Einstein se la ha ocurrido jamás prescindir de Newton, consciente de que apoyándose en él podría ver mejor el futuro de toda su investigación,  y no perdería la riqueza de conocimiento de sus predecesores: sin la física de Newton sigue siendo imposible mandar un cohete al espacio. Después añade:

“Nuestro pasado de católicos, lleva en si la revelación única y definitiva del Eterno. Los “católicos” que no quieren mirar más que el punto “omega” –un final sin sentido alguno- solo pueden conservar a Jesucristo volatizándolo en la pura mitología”.

Y prosigue Bouyer: “Lo que ha dicho el Señor, lo que ha hecho, lo que es y lo que permanece para siempre, ya no les interesa, …No le preguntéis a estos “católicos” si creen todavía en la divinidad de Cristo. Os responderán que están más allá de ese problema; que a ellos les interesa solamente el futuro de la humanidad, que ya está en condiciones de realizar su propio destino”. Y de esa manera, Cristo se “convierte” para ellos en una personaje más, y se olvidan de que es el Hijo de Dios hecho hombre, Dios y hombre verdadero.

A esta altura de la lectura me han venido a la cabeza las tres palabras que dan título a estas líneas. Una muy usada: Misericordia; otra que apenas aparece ya Salvación -¿de qué tiene que ser salvado el “hombre moderno”-; y la tercera, Pecado, que además de usarse poco, se ha banalizado hondamente.

Comenzamos por la tercera: Pecado.  ¿Quién se acuerda de la consideración de san Pablo a los habitantes de Corintios para apartarlos del pecado?. “¿No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los ebrios, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios”.  Y algunos esto erais, pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor 6, 9-11).

El pecado es el gran mal que el hombre se hace a sí mismo, porque le aparta de Dios y le lleva a destrozar la grandeza y la belleza de alma con que ha sido creado por Dios. Y también, a perder la confianza en Dios y a querer borrarlo de su mente. Cuando oímos hablar de violaciones, de matanzas terroristas, de abortos, …a veces nos limitamos a considerar que están enfermos, que están locos; y apenas si nos atrevemos a decirles con toda claridad y serenidad, y con el máximo respeto a su persona: has pecado; pide perdón a Dios, y haz penitencia para tu petición sea verdadera.

Salvación; y no se lo decimos porque la perspectiva de salvación, de una vida más allá de la muerte con Dios que ama, el cielo; o en la soledad del hombre que no cuenta para nada con Dios, el infierno; ha desaparecido de la mente de muchas personas. Si acaso, esa “vida” es estar perdido en una nebulosa etérea, new age, un sobrevivir en una “nube”, perdido y absorbido por el cosmos.

Salvarse, vivir eternamente en Cristo, el cielo, comporta el abrazo cariñoso, paterno y materno de Dios, que llena de gozo el alma y nos lleva a amar a todos nuestros semejante, y querer, con Dios, “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”.

Solo arrepentidos de nuestro pecado, y deseosos de recibir el abrazo de Dios, entendemos la Misericordia. El Señor nos ofrece la gracia para que demos el primer paso en este camino de la Misericordia, recibiendo el sacramento de la Reconciliación. De nada sirve decir que Dios nos perdona siempre, si no buscamos recibir ese perdón de Dios. La Misericordia divina es ciertamente gratuita, pero nuestro corazón tiene la libertad de rechazarla, Dios no se impone nunca a nuestra libertad. Nos manifiesta su Amor, nos lo hace descubrir en Cristo crucificado. Pero nunca nos obliga a creer en Él. O nos arrodillamos y pedimos perdón, o no acogeremos la alegría de la Misericordia

Y, llena el alma de amor de Dios, porque nos ha perdonado, no caeremos en la tentación de vendernos al “mundo”, a la “cultura” de moda, a lo que “hacen todos; de cambiar las enseñanzas de Cristo por la propaganda del último embaucador de turno, para “estar al día”. Tendremos el Amor de quererlos redimir de su pecado; no caeremos en la tentación de componer una iglesia del “todo vale”, o “de la placida naturaleza”,o “del ecumenismo que lo abarque todo, porque todo “es lo mismo”: protestantes,o  budistas, musulmanes, sintoístas, etc., etc”; y tendremos la alegría y el gozo de anunciar la Iglesia de Cristo, muerto y Resucitado, que perdona y salva. Cristo es la novedad de cada día; siempre está “al día”: todo lo demás, se desvanece en el tiempo.

Y lo seguiremos amando como “Alfa y Omega” –principio, creación; y fin, salvación- no como un “omega” descolorido que lleva a ninguna parte: a la nada.

Ernesto Juliá Díaz

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