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Ante el Misterio | Ediciones Cristiandad
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Ante el Misterio

En el empeño de convertir estos días en una época más de vacaciones: playas, montaña, fiestas, encuentros de sociedad, conciertos, etc. etc., aun dentro de los límites marcadas por la pandemia que padecemos, corremos el riesgo de banalizar la Realidad de lo que celebramos en Navidad: el acontecimiento más importante, y definitivo, que jamás ha ocurrido, ni ocurrirá, en la historia de los hombres sobre este planeta tierra: la venida del Hijo de Dios hecho hombre a la Tierra.

Las grandes avenidas, los rascacielos, el rumor de los coches y de los aviones, las luces de las pantallas de televisión, el ritmo de las canciones rock ¿conseguirán lo que no han logrado años de persecución religiosa en tantos países del mundo?, ¿serán capaces de ahogar el leve fulgor que proviene del portal de Belén, luz que ilumina el mundo y le da pleno sentido a la vida de todos los seres humanos, y no solamente a los que creemos en el nacimiento de Jesucristo, Dios y hombre verdadero, en el seno de una Madre Virgen, María?

La Encarnación del Hijo de Dios será siempre un Gran Misterio, racionalmente explicable y a la vez incomprensible al entendimiento humano, también para los hombres de fe profunda. El creyente, embebido en esa luz de Belén «que ilumina todas las tinieblas», no se acostumbra nunca a esta celebración del nacimiento de Cristo. Se sabe invitado por Dios Padre al nacimiento en la tierra de Dios Hijo, y siente a veces en su debilidad el deseo de rechazar la invitación: su fe llega sólo a iluminar un poco sin alcanzar la fortaleza del amor, y no resiste el peso de un posible encuentro a solas con un Dios tan al alcance del corazón y del alma.

En un artículo hablando también de la Navidad, Gerardo Diego se dolía de quienes «ya no juegan con hijos o nietos a armar nacimientos de figuras de barro», porque no se preparan a descubrir en esta venida de Cristo «la armonía del tiempo (…) irreversible, que vivimos los seres humanos (…) con el otro sentido del tiempo, el extático de la eternidad, que no nos podemos imaginar, pero que sentimos con la luz la fe».

En Navidad, el Eterno llega al tiempo que pasa, y lo vive.  Al vivirlo lo llena de sentido, de Eternidad; y al vivirlo con nosotros, en nosotros, nos llena el alma de Eternidad.

La invitación a la Navidad continuará oyéndose hasta que el tiempo abrace la eternidad. Las figuras del portal son como el deseo de hacernos participar, en nuestra personal historia concreta, de ese acontecimiento que divide en dos la historia de los hombres.

Al amparo de un abeto de veinte, treinta metros de altura, la representación ocupa cada año su lugar en la plaza de San Pedro de Roma; otros portales, otras figuras, encuentran su rincón en hogares de todo el mundo. Hombres y mujeres, creyentes y no creyentes se acercarán, en el silencio del espíritu, a este misterio del Hijo de Dios hecho hombre, quizá con el amoroso temblor de siglos que movió la pluma de Juan Ramón Jiménez:

Me desvelé. Salí. Vi huellas
celestes por el suelo
florecido
como un cielo
invertido


Abrí el establo a ver si estaba
El allí.        -¡Estaba!

En medio del tráfago de tantas noticias que nos asaltan cada día, y que pretenden cubrir los horizontes de nuestro vivir: desde el deporte, la política, el último modelo de coche, junto al último atentado terrorista en cualquier lugar del mundo; en estos días disponemos nuestro espíritu para saborear la noticia del hecho histórico, temporal y eterno, que celebraremos enseguida: la novedad de la Santa Navidad.

El acontecimiento que da sentido a la misma Creación del Mundo; y ,al abrir la puerta de la Vida Eterna, descubrió a los hombres el sentido del mundo, el sentido de su propio vivir, el sentido de la alegría y del sufrimiento, el sentido de la vida y de la muerte, el sentido del pecado y del arrepentimiento, el sentido del Perdón, de la Misericordia, del Amor de Dios, en el palpitar del Corazón de Niño Jesús, en el Corazón de Jesucristo clavado en la Cruz, en el palpitar del corazón glorioso de Cristo  eternamente en el Cielo.

Ernesto Juliá Díaz

ernesto.julia@gmail.com