Jesús, el hombre que era Dios
Jesús, el hombre que era Dios

Jesús, el hombre que era Dios, nace de una necesidad interior de Max Gallo. El propio autor reconoce que se trata, probablemente, del libro más personal de toda su trayectoria. No surge de la voluntad de escribir una biografía más sobre Jesús, ni de intervenir en un debate historiográfico. Surge de una búsqueda.

Durante años, Gallo rondó este tema. La figura de Jesús aparecía una y otra vez en su horizonte intelectual. Ya había abordado la historia del cristianismo en algunos de sus libros, dedicados a figuras como san Martín, Clodoveo o san Bernardo. Pero escribir directamente sobre Jesús le parecía una tarea demasiado grande. Durante mucho tiempo pensó que quizá era más prudente no intentarlo.

Finalmente, comprendió que debía hacerlo.

Max Gallo pertenece a esa clase de escritores que escriben para conocer. La escritura, para él, no es solo una forma de narrar o explicar, sino un instrumento de conocimiento. Escribir permite comprender mejor lo que se mira… y también comprenderse a uno mismo. Al releer los Evangelios con atención, Gallo se dio cuenta de algo que le sorprendió: aquellos textos que conocía de manera fragmentaria, casi casual, nunca habían sido verdaderamente estudiados por él desde dentro, con la paciencia y la concentración que exige un trabajo de escritura.

El punto de partida de este libro fue, por tanto, muy personal. Volver a leer los Evangelios. Detenerse en ellos. Revisarlos con calma. Releer también los textos cristianos apócrifos. Y, en medio de ese proceso, descubrir la “música” de una narración posible.

Ese proceso no estuvo exento de dudas. Gallo sabía que escribir sobre Jesús implica una responsabilidad singular. Recordaba una frase de François Mauriac que le impresionó profundamente: una vida de Jesús, decía Mauriac, debería escribirse de rodillas, con el sentimiento de indignidad que hace temblar la mano del escritor. Esa conciencia acompañó a Gallo durante todo el proceso. Sin embargo, la necesidad de comprender fue más fuerte.

El punto decisivo de su reflexión no es una cuestión estrictamente histórica. Max Gallo conoce bien los debates sobre las fuentes, sobre la cronología de los Evangelios o sobre la historicidad de determinados episodios. Pero su interés se sitúa en otro plano. Su pregunta es más radical.

¿Qué explica la fuerza de esos textos?

Los Evangelios fueron escritos varias décadas después de la muerte de Jesús. Sin embargo, esos relatos han sido capaces de sostener durante siglos la fe de millones de personas. Han atravesado culturas, épocas y civilizaciones. Han transformado la historia. Gallo se pregunta cómo es posible esa capacidad de convicción. Qué hay en esas páginas que ha permitido que la fe cristiana se difunda y arraigue de ese modo.

Para responder a esa pregunta, el autor propone una mirada que podríamos llamar existencial. La religión aparece, en su reflexión, como una respuesta al misterio de la vida. Al misterio del amor. Y también al misterio de la muerte.

Max Gallo no se define como un católico practicante en sentido estricto. Se considera un historiador y un hombre laico, partidario de la separación entre Iglesia y Estado. Sin embargo, afirma con claridad que nunca ha sido ateo. Su propia experiencia humana le conduce a otra conclusión.

El punto de partida de su razonamiento es muy sencillo: en la vida ha sido amado y ha amado. Esa experiencia, afirma, constituye uno de los grandes milagros humanos. El amor posee una fuerza que desborda la lógica puramente material. La razón, para Gallo, no puede aceptar que toda esa energía afectiva, toda esa experiencia de entrega y de relación, desaparezca sin más con la muerte.

La pregunta por Dios surge precisamente ahí.

La fe aparece entonces como una respuesta a ese misterio. Y dentro de esa búsqueda, la tradición católica —a la que Gallo pertenece por su origen— le parece la expresión más elaborada para dar respuesta a esas interrogantes. Naturalmente, reconoce que otros creyentes de otras religiones pueden llegar a conclusiones distintas. Pero para él, el cristianismo ofrece una respuesta particularmente profunda al drama humano.

Esa respuesta se encarna en una figura muy concreta: Jesús.

El retrato que Gallo propone de Jesús subraya de manera muy especial su humanidad. Jesús no aparece como un soberano poderoso ni como un líder dominador. La originalidad del cristianismo, según el autor, reside precisamente en ese punto. Su Mesías no es rico, ni poderoso, ni vencedor en términos políticos. Es un hombre que asume plenamente la condición humana.

Esa humanidad incluye el sufrimiento, la duda y la experiencia de la muerte. Gallo imagina incluso a Jesús confrontado interiormente con su propia misión. En su relato aparece una especie de llamada interior —“ve, ve, ve”— que acompaña su camino. Esa voz expresa también la dimensión humana de su misión: Jesús avanza sabiendo lo que le espera.

Para dar forma narrativa a esta reflexión, Gallo utiliza un recurso literario muy sugerente: el personaje del centurión Flavio. Inspirado en el centurión que aparece en el Evangelio de Lucas al pie de la cruz, este personaje permite observar a Jesús desde la mirada de alguien que no está predispuesto a creer. Un soldado romano, habituado a la violencia, a las ejecuciones y a la represión.

El centurión presencia la crucifixión. Y allí, ante la muerte de ese hombre, surge una pregunta decisiva: ¿y si este hombre fuera realmente Dios?

El itinerario del centurión se convierte así en un camino interior. Un recorrido desde la distancia hasta la interrogación. Desde la dureza hasta la apertura. Desde la simple observación hasta el reconocimiento de algo extraordinario.

De este modo, Max Gallo construye un retrato de Jesús que es también un retrato colectivo. Un retrato situado en su tiempo histórico, rodeado de hombres y mujeres, observado por amigos y por enemigos, por creyentes y por escépticos.

Al final, lo que emerge es una convicción clara: la grandeza de Jesús reside en su humanidad. En su decisión de afrontar la muerte más terrible. En su voluntad de experimentar plenamente lo que experimenta cualquier hombre cuando se enfrenta al sufrimiento y al final de la vida.

Ahí se encuentra, según Gallo, la verdadera revolución del cristianismo.

El Mesías cristiano no domina. No conquista. No se impone por la fuerza. Se entrega.

Y esa entrega sigue siendo, dos mil años después, una de las preguntas más profundas que la figura de Cristo plantea al mundo.