León XIV y Romano Guardini: el poder y la custodia de lo humano

Romano Guardini y León XIV pertenecen a momentos históricos muy distintos. El primero escribió después de las grandes catástrofes políticas y militares del siglo XX. El segundo contempla una humanidad transformada por la digitalización, la inteligencia artificial, la robótica y el poder de los datos.

Sin embargo, sus reflexiones parecen formar parte de una misma conversación.

Guardini se pregunta qué ocurre cuando el poder del hombre crece más deprisa que su capacidad moral para gobernarlo. León XIV se pregunta cómo orientar ese poder para que la humanidad no pierda su rostro. Guardini analiza la crisis de una civilización que ha multiplicado sus medios sin aclarar suficientemente sus fines. León XIV propone custodiar la persona y el bien común frente a una técnica que corre el riesgo de convertirse en la medida de todas las cosas.

Entre ambos aparece una misma convicción: el problema de la técnica no es, en primer lugar, técnico. Es un problema acerca del hombre.

El poder crece, pero ¿crece también el hombre?

Una de las intuiciones centrales de Guardini es la desproporción entre el poder exterior y la madurez interior.

La ciencia y la técnica han permitido al ser humano intervenir sobre la naturaleza, organizar la sociedad, transformar el entorno y modificar las condiciones de la propia existencia. Pero esta ampliación de las posibilidades no ha ido necesariamente acompañada de una mayor sabiduría, responsabilidad o capacidad de dominio de sí.

El hombre sabe cada vez mejor cómo hacer las cosas, pero no siempre por qué debe hacerlas. Multiplica los medios, pero pierde claridad sobre los fines. Puede transformar el mundo, pero no necesariamente gobernar las fuerzas que ha puesto en movimiento.

León XIV parte del mismo diagnóstico. En Magnifica humanitas reconoce la grandeza de los avances tecnológicos y las posibilidades que ofrecen para curar, educar, comunicar, trabajar o cuidar la creación. Pero también advierte que nunca la humanidad había poseído tanto poder sobre sí misma.

La inteligencia artificial no es simplemente una herramienta más. Penetra en los procesos de decisión, organiza la información, condiciona el trabajo, modela el imaginario colectivo y afecta a la manera en que las personas se relacionan consigo mismas y con los demás.

Por eso, para ambos pensadores, la pregunta decisiva no es cuánto poder podemos alcanzar, sino si seremos capaces de permanecer humanos al ejercerlo.

La técnica no es el enemigo

Ni Guardini ni León XIV adoptan una posición de rechazo frente a la técnica.

Guardini no propone regresar a una época anterior ni contempla el desarrollo científico como una desviación que deba ser anulada. El poder forma parte de la condición humana: permite actuar, construir, proteger, ordenar y transformar el mundo.

León XIV insiste igualmente en que la tecnología no es una fuerza necesariamente contraria a la persona. Es fruto de la creatividad, la inteligencia y la libertad humanas. Puede contribuir de manera decisiva al desarrollo y al bien común.

El problema aparece cuando la técnica deja de ser un instrumento y se convierte en un criterio absoluto. Cuando la pregunta «¿podemos hacerlo?» sustituye a «¿debemos hacerlo?». Cuando la eficiencia se impone sobre la justicia, la rentabilidad sobre la dignidad y la capacidad de intervención sobre el respeto a la realidad.

Guardini advierte que el poder se vuelve peligroso cuando ya no reconoce una medida superior a sí mismo. León XIV expresa esa misma idea al recordar que el progreso tecnológico no puede determinar por sí solo el sentido del desarrollo humano.

La técnica puede ofrecer medios. No puede decidir cuáles son los fines verdaderamente humanos.

¿Quién responde?

Guardini afirma que no existe ningún poder del que no haya que responder. El poder siempre supone una conciencia que conoce, una voluntad que decide y una persona que orienta la acción hacia un fin.

Sin embargo, el mundo moderno tiende a presentar muchas decisiones como procesos anónimos e inevitables. Se habla de las exigencias del mercado, de la lógica del sistema, del funcionamiento de las plataformas o de las necesidades de la innovación, como si el poder pudiera actuar sin que nadie tuviera que asumir sus consecuencias.

Esta pérdida del sujeto responsable constituye, para Guardini, uno de los mayores peligros de la civilización técnica. Allí donde nadie responde, el poder se hace opaco. Y cuanto más opaco resulta, más difícil es limitarlo.

León XIV traslada esta preocupación al universo digital. Detrás de cada tecnología existen personas e instituciones que la diseñan, la financian, la regulan y la ponen en funcionamiento. Los algoritmos no surgen espontáneamente ni sus resultados son completamente neutrales. Incorporan decisiones, prioridades, intereses y formas de entender al ser humano.

Por eso la encíclica reclama transparencia, responsabilidad y formas de gobierno capaces de orientar la inteligencia artificial hacia el bien común. La responsabilidad moral no puede delegarse en una máquina ni disolverse en una cadena de procedimientos técnicos.

La pregunta guardiniana —«¿quién responde?»— se convierte así en una de las cuestiones fundamentales de la era digital.

La persona no es una suma de datos

Otro punto decisivo del diálogo entre Guardini y León XIV es la defensa de la persona frente a su reducción a función, rendimiento o utilidad.

Guardini percibió que la sociedad tecnificada podía convertir al individuo en una pieza intercambiable dentro de grandes organizaciones. El hombre corría el riesgo de ser tratado como trabajador, consumidor, número o elemento de una masa administrada.

Esa amenaza adquiere hoy una forma nueva. Cada persona puede ser convertida en perfil, historial, patrón de conducta o conjunto de datos previsibles. Sus gustos, relaciones, decisiones y movimientos pueden ser registrados, analizados y utilizados para anticipar o influir en su comportamiento.

León XIV advierte contra la pretensión de traducir completamente el misterio de la persona a datos y rendimientos. La inteligencia artificial puede procesar información, detectar regularidades y reproducir algunas formas del lenguaje humano. Pero no posee una biografía, un cuerpo vivido, una conciencia moral ni una relación personal con los demás.

Una máquina puede calcular, pero no responder moralmente por lo que hace. Puede simular una conversación, pero no participar verdaderamente en una relación. Puede generar palabras sobre el dolor o el amor, pero no sufrir ni amar.

Para Guardini y León XIV, la persona posee una profundidad que ningún sistema puede absorber. Su dignidad no depende de lo que produce, de sus capacidades, de su autonomía ni de su utilidad social. Es anterior a todo rendimiento y no puede ser concedida o retirada por ninguna estructura de poder.

Babel o Jerusalén

León XIV expresa la alternativa de nuestro tiempo mediante dos imágenes bíblicas: Babel y Jerusalén.

Babel representa un proyecto construido desde la autosuficiencia. Una sola técnica, una sola dirección y un deseo de poder que pretende alcanzar el cielo sin Dios. Busca la unidad, pero produce uniformidad; promete seguridad, pero termina destruyendo la comunicación y dispersando a los hombres.

Jerusalén, en cambio, se reconstruye mediante la responsabilidad compartida. Cada persona asume una parte de la tarea. La ciudad no nace de la imposición de un poder total, sino de la colaboración, la escucha y la orientación hacia un bien común que supera los intereses particulares.

Esta alternativa prolonga la reflexión de Guardini. El poder puede entenderse como dominio autónomo o como servicio. Puede intentar someter la realidad a la voluntad humana o reconocer que el mundo posee una verdad que debe ser respetada. Puede convertir al hombre en dueño absoluto o en responsable de una tarea recibida.

Babel es el poder que no acepta límites. Jerusalén es el poder que se transforma en custodia.

La necesidad del límite

Guardini comprendió que el verdadero dominio del poder exige dominio de sí. Quien no es capaz de reconocer un límite termina sometido a aquello que pretendía controlar.

El límite, desde esta perspectiva, no es una derrota de la libertad. Es la condición que permite ejercerla responsablemente. Solo una persona capaz de detenerse, renunciar y discernir puede utilizar el poder sin quedar fascinada por él.

León XIV recupera esta idea frente a las promesas del transhumanismo y del posthumanismo. La fragilidad, la dependencia y la finitud no son simples errores técnicos que deban ser eliminados. Forman parte de la condición humana y hacen posible la relación, el cuidado y la solidaridad.

Cuando la técnica promete superar cualquier límite, corre el riesgo de presentar la humanidad concreta como algo insuficiente: un material provisional que debe ser mejorado, corregido o sustituido.

Frente a esta tentación, León XIV invita a reconocer que la grandeza del hombre no consiste en la ausencia de límites, sino en su capacidad de amar, responder y entregarse. Guardini habría reconocido en esta afirmación la diferencia entre el poder que se absolutiza y el poder que permanece al servicio de la persona.

La formación interior

Las respuestas técnicas y jurídicas son necesarias. Hacen falta regulaciones, instituciones independientes, transparencia y criterios para evaluar el impacto social de las nuevas tecnologías.

Pero ni Guardini ni León XIV consideran que esto sea suficiente.

El problema del poder no se resuelve únicamente mediante mejores procedimientos, porque todo sistema termina dependiendo de las personas que lo diseñan, lo aplican y lo gobiernan. Sin una conciencia formada, incluso las normas más precisas pueden ser utilizadas para justificar decisiones injustas.

Guardini insiste en la importancia de la interioridad, la veracidad, la fortaleza, la disciplina y la capacidad de renuncia. León XIV habla de educación, responsabilidad, escucha, cuidado y orientación hacia el bien común.

Ambos reclaman, en el fondo, una formación humana capaz de estar a la altura del poder adquirido.

No basta con formar especialistas técnicamente competentes. Es necesario formar personas capaces de preguntarse por las consecuencias de sus decisiones, reconocer la dignidad del otro y resistir la lógica de la eficacia cuando esta entra en conflicto con la justicia.

Permanecer humanos

La expresión que resume el mensaje de León XIV es una llamada a «permanecer profundamente humanos».

Guardini podría haberla hecho suya. Su preocupación nunca fue proteger al hombre frente a una máquina rival, sino impedir que el ser humano adoptara la lógica impersonal de sus propios sistemas y terminara tratándose a sí mismo como una cosa.

Permanecer humanos significa no reducir la inteligencia a cálculo, la libertad a elección, la comunicación a intercambio de información ni la dignidad a rendimiento.

Significa reconocer que el hombre es relación, responsabilidad, interioridad y apertura a Dios. Que necesita la verdad, el amor y el bien para orientar su libertad. Y que ningún aumento de poder puede sustituir la pregunta por el sentido.

Un diálogo para nuestro tiempo

El ocaso de la Edad Moderna y El poder permiten escuchar la voz de Guardini en este diálogo. En ellos analizó el agotamiento de una civilización que había ampliado extraordinariamente sus capacidades y señaló la tarea que nacía de esa crisis: aprender a gobernar el poder sin ser dominados por él.

Magnifica humanitas recoge esa pregunta y la aplica a las transformaciones de nuestro presente. La inteligencia artificial hace más urgente una cuestión que Guardini había formulado décadas atrás: si el hombre será capaz de crecer interiormente al ritmo de sus propias creaciones.

El diálogo entre ambos no conduce al miedo ni a la nostalgia. Tampoco a una aceptación ingenua de cualquier innovación. Invita a una posición más exigente: asumir la técnica, discernir sus posibilidades, limitar sus abusos y orientarla al servicio de la persona.

El verdadero desafío no es crear máquinas cada vez más semejantes al hombre, sino evitar que el hombre termine viviendo y actuando como una máquina.

Guardini ofrece las categorías para comprender la crisis del poder. León XIV propone una orientación para atravesarla: abandonar la lógica de Babel y reconstruir una ciudad en la que la técnica esté al servicio de la verdad, la justicia y la dignidad de cada persona. En esa tarea se juega no solo el futuro de la inteligencia artificial, sino el futuro de nuestra propia humanidad.