Post La elección de Eneas
Cuando los clásicos nos ayudan a leer el presente

A veces se habla de los clásicos como si fueran libros importantes, pero lejanos: obras que conviene conocer, que han sobrevivido al paso del tiempo y que forman parte de la historia de la literatura. Todo eso es cierto, pero no explica del todo por qué seguimos volviendo a ellos.

Un clásico permanece vivo porque todavía dice algo sobre nosotros. Cambian las épocas, las costumbres, las formas de trabajar, de amar o de vivir en sociedad, pero hay experiencias humanas que siguen siendo reconocibles: la pérdida, el miedo, la esperanza, la culpa, el deseo de pertenecer a algún lugar, la necesidad de cuidar de otros o la dificultad de empezar de nuevo.

Por eso los clásicos no son una forma de evasión. Al contrario, muchas veces ayudan a entender mejor el presente. Nos dan distancia, pero una distancia que permite mirar con más calma. La actualidad suele imponerse con fuerza: todo parece urgente, todo reclama una opinión inmediata. Sin embargo, no siempre lo más inmediato es lo más verdadero. Hay realidades que solo se comprenden cuando se miran desde una profundidad mayor.

La Eneida, por ejemplo, no habla de nuestro mundo en sentido literal. Habla de Troya, de dioses antiguos, de un héroe que huye de una ciudad destruida, de un viaje por mar y de la fundación de una nueva patria. Pero, si se lee con atención, plantea preguntas que siguen siendo nuestras: ¿qué ocurre cuando se derrumba aquello que daba seguridad a una vida?, ¿qué se puede salvar después de una pérdida?, ¿cómo se sigue adelante cuando el pasado pesa y el futuro todavía no tiene forma?

Luigi Maria Epicoco parte de esta intuición en La elección de Eneas. Su lectura de Virgilio no es un comentario literario ni una recuperación nostálgica del mundo antiguo. Lo que busca es descubrir en la figura de Eneas una imagen capaz de iluminar el presente. El subtítulo del libro, Para una fenomenología del presente, ayuda a entender su intención: mirar nuestra época a través de una historia antigua, no para huir de la realidad, sino para entrar mejor en ella.

Eneas no es solo el héroe que escapa de Troya. Es un hombre que ha visto derrumbarse su mundo. Ha perdido su ciudad, su casa, su seguridad y buena parte de lo que sostenía su vida. En medio de esa destrucción tiene que decidir qué hacer. Puede quedarse paralizado por el trauma o puede comenzar un camino. Puede vivir únicamente como víctima de lo ocurrido o asumir una responsabilidad nueva.

La escena más conocida concentra buena parte del sentido del libro: Eneas sale de Troya llevando a su padre Anquises sobre los hombros y conduciendo de la mano a su hijo Ascanio. En esa imagen hay mucho más que un gesto heroico. El padre representa la memoria, el origen, aquello que no se puede abandonar sin perder una parte esencial de uno mismo. El hijo representa el futuro, todavía frágil, necesitado de cuidado y acompañamiento. Y Eneas está en medio, sosteniendo a uno y guiando al otro.

Epicoco encuentra ahí una clave para pensar nuestra época. Vivimos en una cultura que habla mucho de autonomía, realización personal y proyecto individual. Todo eso tiene su valor, pero resulta insuficiente cuando olvida que la vida humana está hecha de vínculos. Nadie nace solo, nadie crece solo y nadie se salva solo. Incluso las decisiones más personales están atravesadas por historias recibidas y responsabilidades concretas.

Eneas no huye por cobardía. Huye porque ama. No se marcha para salvar simplemente su vida ni para conservar su gloria, sino porque hay otros que dependen de él. Su fuerza no nace de una idea abstracta, sino del amor a unas personas concretas. En muchos momentos de la vida sucede algo parecido: seguimos adelante no porque tengamos todo claro, sino porque alguien nos importa.

Desde ahí, la Eneida se convierte en una gran meditación sobre el paso de una vida destruida a una vida posible. Primero está el trauma: Troya cae y Eneas queda marcado por esa noche. Después llega el viaje: no como aventura romántica, sino como necesidad. Hay que salir, aunque no se sepa bien adónde. La esperanza no aparece entonces como optimismo fácil, sino como la decisión de caminar cuando todavía no hay certezas completas.

Esta lectura resulta especialmente actual. Muchas veces hablamos de crisis como si fueran paréntesis que hay que cerrar cuanto antes para volver a la normalidad anterior. Pero no todas las crisis permiten ese regreso. Algunas obligan a cambiar de lugar, de mirada y de prioridades. La pregunta no es solo cómo superar lo ocurrido, sino qué puede nacer después de ello.

Eneas no reconstruye Troya. Su destino no consiste en repetir el pasado, sino en cargar con lo esencial para que pueda dar fruto de otra manera. Esta idea evita dos tentaciones frecuentes: romper con todo lo recibido, como si el pasado fuera únicamente una carga, o aferrarse a él de tal modo que impida caminar.

También por eso la figura de Anquises tiene tanta fuerza. El padre sobre los hombros no es un peso inútil, sino memoria viva. En una cultura que a menudo aparta la vejez y mide el valor de las personas por su autonomía o su productividad, Eneas recuerda que no se puede avanzar dejando atrás a quienes nos han precedido.

Ascanio, el hijo llevado de la mano, abre otra pregunta decisiva: la relación con las nuevas generaciones. El futuro no se proclama en abstracto. Se acompaña, se educa, se protege. Toda generación recibe algo y entrega algo. Si falla cualquiera de esos dos movimientos, la vida común se empobrece.

Ahí se entiende por qué los clásicos siguen siendo necesarios. No porque nos den respuestas mecánicas, sino porque nos ofrecen imágenes capaces de ordenar nuestras preguntas. Frente a una cultura fragmentada, donde muchas veces falta un lenguaje común para hablar de lo humano, las grandes obras conservan una capacidad singular: muestran al hombre en situaciones límite, allí donde se revela qué ama, qué teme, qué espera y qué está dispuesto a salvar.

La elección de Eneas propone leer a Virgilio de ese modo: no como quien visita un monumento, sino como quien se deja interpelar por una historia antigua que todavía conserva fuerza. Eneas nos ayuda a pensar qué hacemos con nuestras ruinas, cómo cargamos con nuestra memoria, cómo acompañamos el futuro y cómo afrontamos las tormentas que no podemos controlar.

Leer un clásico no es añadir un título prestigioso a una lista. Es dejar que una historia trabaje dentro de nosotros. Es descubrir que no somos los primeros en sentir miedo, en perder una patria, en cuidar de un padre, en llevar de la mano a un hijo o en preguntarnos hacia dónde caminar.

Eneas tuvo que elegir en medio de una ruina. También nosotros, de otras maneras, tenemos que decidir qué merece ser salvado, qué pasado debemos llevar con nosotros, qué futuro necesita nuestra mano y qué camino se abre cuando ya no es posible volver atrás.

Ahí es donde un clásico deja de ser un libro del pasado y se convierte en una llave para entender la realidad de la persona. Y ahí es también donde la lectura que Epicoco hace de la Eneida muestra toda su actualidad.